Capítulo quince.
- Narra Liam –
Poder pasar el día
entero con Anny había sido la salvación de nuestra relación. Las innumerables
dudas que me habían atacado durante los días anteriores sobre la reciente
declaración que Danielle me había propuesto, había hecho que me distanciara de
la chica que ahora me daba cuenta que realmente quería a mi lado. Oh, sí.
Todavía recuerdo esas palabras que había dicho con tono seductor y burlón. Una
relación secreta. ¿Pero quién se creía que era yo? Bajé la mirada avergonzado
por la situación, al fin y al cabo, hasta yo había dudado en contestarle, por
lo que alejarme de Anny había sido la gota que colmara el vaso para que yo
pusiera en orden mis ideas. La levanté temprano, la llevé a la playa, lejos de
todos, a una casa en ruinas que siempre me había gustado. Todavía me acuerdo de
su tímida reacción. Habían pasado horas, pero lo recuerdo como si hubiera sido
hacía 5 segundos. Le tapé los ojos desde que la subí al coche con un pañuelo
que siempre me había gustado de ella, azul y verde, como sus ojos. Al llegar,
apenas había amanecido y me pareció la ocasión perfecta para aparcar y sacarla
del coche. El sol cálido y sonriente de por la mañana estaba a punto de salir.
La llevé de la mano con cuidado hasta la terraza amplia de la casa, con vistas
a aquella playa, que reposaba con aspecto romántico y tranquilo. Gaviotas
simpáticas se dedican a lanzar sus peculiares saludos mientras se posaban en la
arena, como solían hacer siempre. Le quité el pañuelo con cuidado, situándola
en el borde. Cuando abrió los ojos, tuvo que cerrarlos por la luz que ahora le
daba de frente. Me miró con una sonrisa tímida y luego pasó a analizar cada
parte de aquel bonito paisaje. El amanecer, la playa, la arena, el horizonte, y
luego iba yo. Una diminuta lágrima se asomó por su ojo derecho, resbaló por su
nariz y acabó en sus labios, y fue ahí cuando aproveché para secarla. La atraje
hacia mí y ella pasó lentamente sus brazos por detrás de mi cuello.
- Liam, estoy asustada.
- ¿Por qué? ¿Hice algo
malo?
- No. Es que temo
perderte y que todo esto se termine. De no ser feliz. De no verte cada mañana
al despertar, de que me veas y luego sonrías. De que a pesar de nuestras
discusiones me calles con un beso, con un te quiero o con un para siempre. Temo
que eso pase. Estoy realmente asustada.
La acerqué más a mí,
aunque era prácticamente imposible, ya que estábamos a punto de ser fusionados
el uno con el otro, y la besé. Se separó de mí a los cinco minutos, cuando el
sol estaba más o menos a mitad de aquel despejado cielo azul y le llevé dentro
de la casa. Recorrimos entre risas todas las habitaciones y aquellos objetos
abandonados. Teléfonos, sofás, radios y hasta discos. Todo era antiguo,
cubierto por una gruesa capa de polvo. Siempre me había llamado la atención
aquella casa, pero nunca tuve la oportunidad ni la voluntad de llevar a
alguien, hasta aquel día. Abrimos los cajones, los viejos baúles de madera.
Todo, descubriendo cada secreto de aquella mansión en ruinas. No podíamos estar
apenas diez minutos lejos el uno del otro, así que cada vez que nos cruzábamos
nos fundíamos en un beso que terminaba en risas, burlas y golpes suaves,
siempre bromeando, era una de las cosas que más me gustaba de ella, que a pesar
de tener dieciocho años, guardaba en su interior un alma infantil que le
permitía reírse de cualquier cosa, hasta de la mínima pelusa que cruzara el
suelo echando unas carreras con las demás. Salí en uno de sus despistes mientras
investigaba cualquier detalle tonto de la casa, hacia el coche para coger todo
lo necesario para nuestra velada. Cuando entré, la busqué por toda la casa,
hasta llegar a la habitación principal, donde estaba colocando sábanas nuevas y
limpias encima de la cama. Fui hacia ella en silencio y con sigilo, pero no
funcionó y se dio la vuelta entre risas mientras me empujaba encima de la cama.
Se tumbó encima de mí mientras me hacía cosquillas en el cuello y metía sus
manos por dentro de mi camiseta. Sus manos estaban frías, por lo que me retorcí
involuntariamente ante el cambio brusco de temperatura que estaba sufriendo mi
cuerpo en aquel instante. Ella se dio cuenta y se colocó a mi lado riéndose como
una niña pequeña. Se levantó con intención de ir hacia la maleta en la que
había colocado, con ayuda de Harry, todo lo necesario. Comida, juegos de mesa,
música y flores. Éstas se las entregué en mano, no las iba a meter dentro de
ninguna parte por si se estropeaban.
- ¡Son preciosas,
joder! –exclamó mientras las abrazaba cual oso de peluche.
- No, Anny te
equivocas. Preciosa eres tú, las flores son bonitas. No mezcles los conceptos.
Me sacó la lengua y
rodó los ojos como solía hacer en aquellas ocasiones, ya que según ella, cuando
le decía al principio aquel tipo de frases me decía que exageraba. Y no sabía
cómo hacerle ver que no tenía razón. De que era preciosa, por dentro y por fuera,
y si era posible, lo era cada día más. Comimos a la luz del sol, mientras sus
rayos se atrevían a posarse en su cara. ¡No! Era mía, nada más que mía. Reímos
ante cualquier comentario tonto que pudiera surgir entre los dos. Empecé a
averiguar más de ella, sobre sus gustos, sus tiendas favoritas, su música, sus
libros. Todo acerca de ella me interesaba. Sabía hablar, no se limitaba solo a
contestar, sino que detrás de aquellas simples palabras o nombres, existía toda
una historia que me la contaba como si la hubiera relatado cientos de veces,
como una lección de memoria aprendida para el colegio. No dudé tampoco en
preguntarle sobre los hombres que habían entrado en su vida. Vaciló antes esto,
antes de responder que solo habían sido dos los que le habían causado gran
dolor cuando ambos rompieron su corazón. No quería volver a escuchar los
nombres de Gonzalo o Alex porque entonces se montaría la tercera guerra
mundial. Apenas notó mi aspecto serio y celoso cuando de nuevo explotó en
risas, y no tuve otra cosa que hacer que imitarla. Entramos a la habitación
entre besos y alguna que otra caricia. Nuestro amor estalló del todo media hora
más tarde. Y así nos dormimos, abrazados, escuchando el canto de alguna gaviota
solitaria o de los grillos que acampaban a sus anchas por la abandonada casa.
Observé como ella se dormía mientras yo pensaba en todo lo que me estaba
pasando. El cambio que había dado mi vida desde que la había conocido. ¿Cuánto habían
pasado? Menos de dos semanas, y aquí estaba yo. Abrazado a la mujer de mi vida,
o al menos así lo consideraba, aunque a juzgar por mi mente infantil y algo
inmadura, mis pensamientos iban más adelantados que yo, así que me dejé llevar
por aquel momento, y cerré los ojos cuando apenas eran las cuatro de la tarde.
No tuve tiempo de soñar nada, a mí me costaba, y apenas una hora más tarde unas
manos acariciando mi cara me despertaron. Sus ojos estaban a menos de cinco milímetros
de mi nariz. Sonreí antes de besarla de nuevo. Joder. ¿Qué podía ir mal? Estaba
con una mujer increíble, simpática, divertida, preciosa, dulce e inteligente,
que me quería. Me había dado cuenta a tiempo, y allí estábamos. Los dos. Solos,
abrazados observando como a las ocho de la noche…Un momento ¿las ocho? ¿Ya?
Pues no había sido una hora, no. Había sido más. Nos levantamos y nos vestimos,
de nuevo riendo. Recogimos todo lo que era nuestro y nos dirigimos de la mano
hacia el coche, no sin antes pasar a tocar el agua del mar. Fría. Tanto, que
hizo que un escalofrío nos recorriera a la misma vez. Nos metimos en el coche y
ella echó su cabeza hacia atrás para dormirse un poco. Y así fue como el día de
hoy, transcurrió de la manera más perfecta en la que podía haber transcurrido.
El trayecto duró nada más que media hora. No quise despertarla, pero cuando me
di cuenta, ya lo había hecho y me sorprendía con un tierno beso en la mejilla.
Salimos del coche, y al entrar en casa, allí estaban aquellos tres, discutiendo
como de costumbre. Harry y Niall volvían a pelear por Devi, la cual estaba en
medio de los dos dando argumentos a diestro y siniestro, explotando de una
manera que a mí me asustó. Aquello no se arreglaba, y ella empezaba a estar más
que cansada.
- Narra Devi –
Después de que Harry
nos pillara a mí y a Niall en aquel abrazo acompañado por las lágrimas, me
había cogido del brazo y me había llevado hacia la cocina para lanzarme su
perorata diaria de que era su novia y no la de Niall. No sabía cuántas veces le
había dicho que estaba con él, y que Niall era mi mejor amigo, el cual no me
dejaba nunca sola. Más tarde había intervenido el susodicho, alegando que no
tenía que dar explicaciones aparentes sobre el comportamiento que tenía con su
mejor amiga. Y ahí fue cuando entraron mi hermana y su novio, con una cara de
alegría que envidié enseguida. ¿Por qué mi relación no podía ser así? ¿Por qué
tantos celos y estupideces? Mi corazón tenía clara una cosa y ya me estaba
cansando todo ese rollo de enemistad entre dos amigos por una chica. Así que
los cogí de las manos y les solté claras las cosas.
Claro dale, y me dejas así. Por el amor de Dios Ana, más vale que tengas el siguiente preparado, porque lo necesito pronto ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬ Ah Liam y Lucía, son tan kjsdhfasdkhfjaf *yo's imaginando el día en la playa y muriendo de amor* te aamo teeeeeeeeamo.
ResponderEliminarDios me encanta tu novela. Amo como escribes Por favor sigue ya, que me muero de las ganas por saber lo que pasa entre Devi, Niall y Harry :)
ResponderEliminarxxxxx